Enrique Vargas quiso apagar las sospechas sobre su cercanía con Higinio Martínez, pero terminó echándoles gasolina.
El panista afirmó que su relación con el morenista es solamente “institucional”. Sin embargo, acto seguido confesó que su familia apoyó la candidatura de Higinio a gobernador en 1999 y que incluso puso a su disposición anuncios espectaculares de sus empresas.
Eso no es simple cortesía política. Es apoyo material, cercanía familiar y una relación construida desde hace casi tres décadas.
Vargas intenta venderse como la principal oposición a Morena en el Estado de México, pero su propia declaración desnuda una historia incómoda: mientras el PAN presume combatir al cacicazgo de Texcoco, uno de sus principales dirigentes reconoce que su familia ayudó a promocionar a quien encabezaba ese proyecto político.
El discurso opositor comienza a parecer una representación teatral. Vargas asegura que ha competido contra Higinio, que lo ha enfrentado y hasta retado; pero cuando llega el momento de explicar su cercanía, lo llama compañero, subraya el respeto que le guarda y desempolva orgullosamente los favores familiares concedidos en 1999.
La pregunta ya no es qué tan cercana es la relación, sino qué otros acuerdos, entendimientos o favores políticos han sobrevivido durante todos estos años. La confesión no demuestra por sí misma un pacto actual, pero sí obliga a Vargas a explicar hasta dónde llega una alianza personal que ha resistido campañas, partidos y supuestas confrontaciones.
¿Enrique Vargas realmente quiere derrotar al Grupo Texcoco o solamente negociar con él? ¿Es adversario de Higinio o su oposición controlada? ¿Compiten por el poder o únicamente se turnan los reflectores mientras conservan intactos sus puentes?
Después de esta revelación, Vargas ya no puede presentarse como un opositor ajeno al viejo entramado político mexiquense. Su familia no observó desde lejos el ascenso de Higinio: ayudó a promoverlo.
En el Estado de México, Morena y PAN pueden fingir que libran una batalla ideológica. Pero Vargas e Higinio exhiben otra realidad: los colores cambian, los discursos se endurecen y las campañas se enfrentan; los vínculos, los favores y la vieja clase política permanecen.
No parecen enemigos. Parecen socios políticos que, de vez en cuando, necesitan representar una pelea para conservar el negocio.

